Los granaderos de Ayacucho

Por Elías Almada

Escritor
E-mail: almada-22@hotmail.com

El 9 de diciembre de 1824 se produjo la batalla de Ayacucho. El combate se libró en una planicie conocida como Pampa de Ayacucho (rincón de los muertos en idioma quechua), en territorio peruano.

Era un día pleno de sol en las alturas del Condorkanqui. El Dios Febo iluminaba el escenario de la que sería la Última Gran Batalla de la Emancipación Americana.

De un lado, un poderoso ejército realista de más de 9.000 hombres, conducido por el virrey del Perú, Teniente General José de la Serna. Enfrente el Ejército Patriota de cerca de 5.800 de unidades de la Gran Colombia, el Perú y la Argentina, estaba al mando del venezolano Mariscal Antonio J. de Sucre, las fuerzas argentinas, que incluían a los Granaderos a Caballo, formaron en el centro del dispositivo aliado, dirigidas por el General inglés William Miller. Sucre había organizado una posición que permitía ser atacada solamente por el frente, al estar sus dos flancos apoyados en barrancos casi inaccesibles.

Cerca de las diez de mañana, el Ejército del Rey desciende de su posición elevada en las alturas del Cerro Condorkanqui y comienza la batalla que definiría el futuro de la América del Sur.

Y entre esos casi 15.000 combatientes hay un puñado de argentinos, apenas ochenta.

Ochenta Hombres de caballería que habían venido desde las lejanas tierras del Plata sobreviviendo a tantos  que habían regado con su sangre y sus huesos todos los campos de batalla americanos.

Ochenta Granaderos a Caballo de los Andes están allí.  Al mando Alejo Bruix,  un francés, hijo de un almirante de Napoleón.

Se coloca delante de su puñado de valientes. Los caballos se encabritan. Saben lo que ha de suceder…

Sucre le acaba de dar  la orden  de atacar al Gral. Miller, hasta ese momento la división del  Gral. Córdoba había logrado contener el furibundo ataque realista con el apoyo de los Usares de Junín al mando de Isidoro Suarez y la División del Gral. De La Mar; Bruix tenía como segundo a Félix Bogado, (uno de los lancheros paraguayos que alerto a San Martin de los movimientos realista en San Lorenzo el 3 de febrero de 1813 y que  desde entonces integraba la filas patriotas), es en ese momento que  Bruix se dirige  a sus hombres

“¡Cuerpo de Granaderos! Doce años de gloria pesan sobre vuestras espaldas…

Pertenecer a este regimiento es haber asumido el más solemne compromiso de bravura, de conducta y de amor a la Patria…Desde San Lorenzo hasta Junín, cada vez que la bandera granadera flameó en el campo de combate, un chispazo de gloria brilló bajo el sol….

El destino ha querido que yo, nacido bajo un cielo distante, sea quién os conduzca a esta batalla en la que podemos sellar la libertad de un continente.

Solo sois ochenta soldados, los que habéis quedado de aquel heroico regimiento…

Uno por uno puedo nombraros…Os conozco como pudiera conocer a mis hijos porque estáis todos dentro de mi corazón…Soldados del Cuerpo de Granaderos a Caballo, veteranos del coraje…amigos míos…Que esta última carga cierre un ciclo de gloria. Y ahora gritemos todos: Viva la Patria…!!! “”

Y ochenta voces le respondieron: ¡¡¡Viva la Patria!!!.

Bruix llama a su Trompa de Órdenes, posiblemente Mariano Chepoyà (aborigen misionero que realizó toda la campaña  libertadora),  y le orden tocar «A degüello»,  Desenvaina su sable, y manda a aquel grupo de centauros a hacer lo mismo y vocifera:

-¡Granaderos! ¡A la carga! ¡A vencer o morir!

Y en las primeras horas de la tarde las glorias de la patria realizan su última carga, para dejar sellada definitivamente la Independencia americana.


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