Felicitas Guerrero, la mujer que se convirtió en leyenda

Era considerada "la mujer más bella de la Argentina" y tras pasar por varios hechos traumáticos, murió víctima del primer femicidio de la aristocracia. Su historia inspiró a escritores y cineastas y se convirtió en un mito urbano de la Ciudad de Buenos Aires.

Por Belén Canonico

Noticias NA

Corría el año 1864 y Felicia Antonia Guadalupe Guerrero y Cueto -conocida popularmente como Felicitas Guerrero- tenía todo para vivir un futuro próspero. Procedía de una familia aristocrática de Buenos Aires con un buen nivel económico, era joven, encantadora y con solo 18 años contaba contaba con una belleza sin igual. A tal punto que era considerada “la mujer más bella de la Argentina”.


A diferencia de lo que ella misma esperaba para su vida, por decisión de sus padres -el español Carlos José Guerrero y Reissig y Felicitas Cueto y Montes de Oca- contrajo matrimonio con Martín Gregorio de Álzaga y Pérez Llorente, uno de los hombres más ricos y poderosos de la época que le llevaba 32 años.

Para Felicitas no fue fácil adaptarse a la vida en pareja con un hombre tan mayor para la época, ni dejar el seno de la casa familiar de los Guerrero para convertirse en una esposa dedicada y obediente en su mansión, más allá de estar repleta de lujos. Sin embargo, todo tuvo un poco más de sentido cuando dos años después de su boda se convirtió en madre de Félix y se abocó de lleno a su cuidado.

Pero el destino le tenía preparados varios dolores a Felicitas. En 1869, Félix contrajo fiebre amarilla, en medio de una epidemia que llegó a matar al 8 por ciento de los porteños, y tras agonizar durante varios días, falleció. La repentina y temprana muerte de su hijo fue un cimbronazo para el acaudalado matrimonio, que se sumergió en una profunda depresión, que fue mucho más dura para De Álzaga que para Guerrero.

Hicieron todo para salir adelante y unos meses más tarde de semejante pérdida, con 24 años, Felicitas quedó embarazada por segunda vez. Pero la salud de Martín se había visto seriamente afectada por la muerte de Félix y el 1 de marzo de 1870, falleció. En tanto, su esposa perdió a Martín, su segundo hijo, al día siguiente.

Felicitas heredó toda la fortuna de su difunto marido y volvió a tener una larga lista de pretendientes. Seguía siendo joven, bonito, y además, millonaria. Solía pasar las noches en salones literarios donde su belleza era admirada por los hombres más importantes de Buenos Aires, entre los que se destacaba Enrique Ocampo -quien años más tarde sería el tío de las escritoras Victoria y Silvina Ocampo-.

Enrique siempre había estado enamorado de Felicitas y durante su adolescencia, fantaseaba con llevar a la mujer más deseada de la ciudad al altar. Y aunque su sueño se vio arrebatado ante el poder de De Álzaga, tras la muerte del añoso millonario, volvió a sentir que podía ser posible. Por eso cortejaba a Guerrero en cada ocasión que la veía.

Por su parte, Felicitas aprovechaba para pasar el tiempo con su familia y amigos. Y en unos de sus paseos desde la estancia “Laguna de Juancho”, en General Madariaga, a “La Posterra”, en Castelli, la joven y sus amigos fueron sorprendidos por una fuerte tormenta que provocó que sus carruajes perdieran el rumbo.

Afortunadamente apareció un joven llamado Samuel Sáenz Valiente para auxiliarlos y darles asilo en su estancia. Y tal muestra de generosidad, enamoró perdidamente a Felicitas, quien se animó a volver apostar al amor. Rápidamente el romance iba en serio y la pareja comenzó a planear su boda, en la que ella luciría un vestido especialmente traído desde París.

Pero a los pretendientes de Felicitas no les agradó la noticia. Sobre todo a Enrique Ocampo, quien se obsesionó ante la frustración de no poder estar con ella y comenzó a acosarla. Era común que se apareciera de sorpresa en los paseos que daba Guerrero en soledad, pero Felicitas demostraba cierta distancia, sin dejar de ser cortés, porque deseaba mantener una amistad.

El 29 de enero de 1872, Guerrero y Sáenz Valiente dieron una fiesta de compromiso en la casa de Barracas de la familia de ella. Y luego de hacer el gran anuncio, subió a su habitación para cambiarse. Sin embargo, fue interceptada por Ocampo, quien insistió en que tenía que hablar con ella.

Felicitas dudó en acceder a hablar con Enrique. Era un día importante para ella y para su prometido y no quería que se viera empañado por su viejo pretendiente. Pero finalmente decidió hablar con él en privado, sin llevar ningún acompañante, aunque su hermano Antonio Guerrero y su primo Cristian De María, estaban atentos a lo que estaba ocurriendo.

Ocampo estaba fuera de sí y le reprochó a Felicitas que hubiera decidido casarse con Samuel y no con él. La joven le confesó que estaba enamorada de su prometido y que de él no esperaba más que una amistad y en plena discusión, Ocampo sacó un arma Le Rocher calibre 48 de su bolsillo y le disparó a Felicitas, quien agonizó varias horas y dio su último suspiro el 30 de enero de 1872. “O te casas conmigo o no te casas con nadie”, fue la frase que trascendió del trágico final de la joven.

Aunque en ese momento fue catalogado como un “crimen pasional”, fue el primer femicidio que tuvo relevancia en la aristocraciaOcampo también murió, pero nunca se pudo esclarecer si se trató de un suicidio o si fue ejecutado por el hermano y el primo de Felicitas, que presenciaron la dramática escena.

La muerte no representó el fin de Felicitas Guerrero. La joven hermosa, con un futuro próspero, una vida difícil pero a la vez llena de privilegios, quedó inmortalizada luego de su asesinato en una leyenda urbana.

Su familia decidió construir una iglesia en el lugar donde la joven perdió la vida: la iglesia Santa Felicitas de Barracas, que aún está en pie sobre la calle Isabel La Católica al 500. Adentro hay una estatua de la joven, de Martín de Álzaga y de Félix, su primer hijo. Los vecinos de la zona comenzaron a rumorear en 1930 que cada 30 de enero, aniversario de su muerte, el fantasma de Felicitas se pasea por los pasillos del templo que lleva su nombre.

También se generó una tradición por la que las mujeres que deseaban casarse ataban pañuelos en las rejas de la iglesia y se creía que si al día siguiente aparecían húmedos, era producto de las lágrimas de Felicitas.

Su historia inspiró a escritores y cineastas. Y aunque hasta cierto punto llegó a verse su triste desenlace como las consecuencias de un amor intenso y no correspondido, hace tiempo se lo reconoció como lo que siempre fue: un femicidio.


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