18 de Octubre Nacimiento de Justo José de Urquiza

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Justo José de Urquiza

Nacido el 8 de octubre de 1801 en las cercanías de Arroyo de la China y de la capital de Entre Ríos, era hijo de un inmigrante vasco, José de Urquiza Alzaga, y de una criolla, doña María Cándida García. Cursó los estudios primarios comunes a la época, impartidos por un sacerdote, y luego pasó a Buenos Aires a estudiar en el colegio San Carlos. Siguió filosofía y gramática, pero a fines de 1818, como el colegio cerró sus puertas, se empleó en una tienda porteña. Retornó a Entre Ríos, en julio de 1819, ocupándose de asuntos judiciales y también atendiendo un negocio de tienda y pulpería.


Justo José de Urquiza

En 1821, se inició en la carrera militar como subteniente de la primera Compañía de Cívicos. En 1826, cuando tenía 25 años  resultó elegido diputado a la legislatura entrerriana; y durante su mandato demostró particular interés en la instrucción pública, con proyectos sobre enseñanza primaria y formación de maestros.
En 1828, incrementó sus negocios con operaciones de importación de ultramar y de remates de tierras. En todo ese lapso, su intervención en la política entrerriana lo mostró como un revolucionario: en 1823, comprometido en un movimiento contra Lucio N. Mansilla, perseguidor de su padre, y en apoyo de un grupo de orientales que querían liberarse de la tutela lusitana; y luego, en tres nuevas oportunidades rebelándose contra los gobernadores León Solá y Pedro Barrenechea. Su carrera militar fue distinguida; el 30 de marzo de 1834, el gobernador Pascual Echagüe lo ascendió a coronel graduado de caballería de línea; y en mayo de 1837, a coronel mayor. Al ser designado gobernador de su provincia,  la legislatura entrerriana le otorgó el grado de brigadier general, el 30 de diciembre de 1841.
Durante su gobierno provincial, Urquiza creó colegios de niñas y una escuela normal, orientación que acentuaría en sus gobiernos ulteriores. En los campamentos de Calá y Arroyo Grande se enseñaba a leer a los soldados, a veces sobre la arena por la falta de útiles. En 1849 fundó el colegio del Uruguay.
Durante el segundo gobierno del Grl Rosas, Urquiza se distinguió en numerosas batallas, durante la campañas organizadas por los unitarios Lavalle y Paz. Peleó a las órdenes del Grl Pascual Echagüe en las batallas de Pago Largo (1839), Cagancha (1839), Don Cristóbal (1840), Sauce Grande (1840) y Arroyo del Animal, en ese mismo año. Tras la derrota federal en Caaguazú (1841), Urquiza llevó a cabo la retirada a El Tonelero, operación que fue elogiada por el mismo José M. Paz.
Conocía su tierra y fueron muchas las noches en que durmió bajo las estrellas, cuyos nombres ignoraba, recordando en cambio,  los nombres de multitud de soldados, sus caras y hasta el color de sus cabellos.
Su prolongada campaña contra el Grl Fructuoso Rivera, entre 1843 y 1845, culminó con la victoria de India Muerta, librado el 20 de marzo de éste último año en la Banda Oriental.
Al año siguiente debió luchar contra los correntinos Joaquín y Juan Madariaga, quienes habían firmado con el Paraguay un tratado ofensivo contra Rosas alentando la formación, del llamado Ejército Aliado Pacificador organizado bajo el mando del Grl Paz. Urquiza invadió a Corrientes en enero de 1846, y el 14 de febrero venció a dicho ejército en Laguna Limpia. Cuando nuevamente entró en campaña contra los correntinos unitarios, los derrotó en el Potrero de Vences (27 de noviembre de 1847).
Desde 1845, los jefes del partido unitario tuvieron puesto su pensamiento en Urquiza, como posible aliado contra Rosas. Durante el bloqueo anglo-francés, esas probabilidades se ven frenadas por el clima de reacción nacional dominante; pero al término de la guerra con las potencias europeas, las condiciones varían, y la hábil diplomacia brasileña hizo el resto.
El 1º de mayo de 1851, se pronunció contra Rosas y de inmediato preparó la campaña contra Oribe que se había desgastado en el largo sitio de Montevideo. El 8 de octubre celebró un acuerdo por el que se puso fin a la guerra en el estado Oriental, y el ejército de Oribe se entregó a discreción. El 29 de mayo, meses antes, había firmado Urquiza un convenio de alianza con el Brasil y el estado Oriental.
Tras la batalla de Caseros en la que, el 3 de febrero de 1852, venció al Grl Rosas, Urquiza fue designado por las provincias director provisional de la Confederación.
Caseros fue para cierta historiografía el triunfo de los federales constitucionalistas sobre el federalismo autocrático signado por la hegemonía epocal de Rosas. Urquiza fue el símbolo de esa organización constitucional, procediendo de inmediato a invitar a las provincias a San Nicolás de los Arroyos, en donde a fines de mayo se firmó el Acuerdo, poniéndose en total vigencia los principios federales del pacto de enero de 1831, que fue un pacto de Confederación Nacional. El país se había consolidado mediante la unión interprovincial. Ya se había formado, solidamente, el sentimiento de la nacionalidad argentina cuando fue agredida su soberanía por distintas potencias extranjeras en la anterior década.
Es indudable que Urquiza se consagró por entero a fomentar la unión y la Constitución Nacional. Puso todo el peso de su prestigio y la fuerza de su espada al servicio de la causa nacional, y si se vió comprometido en conflictos internos, no extremó el odio ni la pasión destructora. Buenos Aires que tanto lo combatió, no fue nunca su víctima, sino su adversaria. El Pacto de Unión del 11 de noviembre de 1859, unió a los hombres de Buenos Aires y a Urquiza en un mismo anhelo: la formación de una Nación Argentina consolidada y fuerte.
De 1854 a 1860 ejerció la primera presidencia constitucional, surgida de acuerdo con la Constitución de 1853. Al terminar ésta quisieron reelegirlo pero él acató la constitución y respetándola, la hizo perdurable.
Como presidente de la Confederación Argentina, protegió a sabios y hombres de ciencia. En 1855, fueron nacionalizadas la Universidad de Córdoba y el Colegio Monserrat, se fundaron colegios nacionales en Mendoza, Salta, Catamarca y Tucumán.
Urquiza demostró particular interés en establecer una política colonizadora, mediante la radicación de familias europeas. En Santa Fé se implantó la Colonia Esperanza y en campos de su propiedad, la Colonia San José, formada por colonos llegados de Suiza, Saboya y Alemania.
Pero el peor problema, por su trascendencia histórico-política, era la situación de la provincia de Buenos Aires. La secesión de ésta retardó diez años la organización nacional. No obstante ello y pese al peligro de fractura definitiva el país salió de semejante crisis, más grande y homogéneo. Cepeda y Pavón no son sencillamente un choque entre Urquiza y Mitre, que en la interpretación de algunos historiadores,  no tenían proyectos antagónicos; sino de dos grupos de intereses y rencores que los rodearon, empujaron y resultaron por momentos incontenibles.
Su popularidad en Entre Ríos había decrecido desde Pavón; lo consideraban un “entregado”. No quería pelear más; tenía la obsesión de la unidad.
La guerra del Paraguay fue impopular en casi todas partes, también en Entre Ríos y esto ocasionó lo de Toledo y Basualdo. El mismo Rosas le escribió desde Inglaterra que tuviera precauciones, aquel viejo conocedor de hombres presentía el crimen próximo a dos mil leguas de distancia, pero Urquiza no le creyó, poseedor de esa confianza fatalista de la plenitud cesárea.
Fue la tarde del lunes santo del 11 de abril de 1870, cuando conversaba en el corredor con un amigo y oyeron un ruido extraño. Los jinetes ya entraban gritando: “Abajo el traidor, vendido a los porteños”. Herido en la cara fue hasta su dormitorio a descolgar un rifle, allí lo volvieron a atacar, y él los enfrentó haciendo fuego. Su hija mayor, de 15 años, empuñó un espadín y  cubriendo al padre desviaba los cuchillos; las balas de los asesinos pasaban sobre las cabezas, incrustándose en la pared, sobre la cama del general, donde dormía su hijita de dos meses. Pero un oriental, su protegido, le apuntó en la cara, pegándole entre el ojo y la nariz, giró sobre su pie derecho, arrastrando a su hija mayor que lo cubrió, mientras otro gritaba: “No maten a Lola!” Nicomedes Coronel se agachó por entre los brazos de la niña, que se abrían como alas, lo ultimó acuchillándolo siete veces, hasta que estuvo seguro. El piso se llenó de sangre, como cuando se deja abierto un tonel de vino. En cumplimiento del mismo plan de exterminio, a la misma hora fueron muertos en Concordia sus hijos: Waldino y Justo Carmelo.
La personalidad de J. J. de Urquiza fue sintetizada por Manuel E. Macchi con acierto describiendo brevemente alguno de sus caracteres más notables surgidos de su actuación pública y de muchas constancias privadas. Transcribiremos solo seis de los mismos:
– Persistencia de un ideal político. “El credo federal asoma en sus años juveniles. Su lucha desde entonces será por implantarlo, convirtiéndose en su principal propugnador hasta que logra que quede establecido en la Constitución Nacional.
Fue el defensor máximo que ésta tuvo desde que ella tuviera vigencia, bregando en favor del respeto de sus principios. En la lucha que en sus últimos años mantuviera en este aspecto, pueden encontrarse los factores desencadenantes que provocan su trágica desaparición, al no interpretarse debidamente sus grandes objetivos políticos de unidad y pacificación”.
– Respeto por la ley. “En su presidencia comenzó la práctica de los preceptos constitucionales. El poder legislativo actuó con plena libertad, en oposición a veces al ejecutivo que representaba. Para asegurar la estabilidad de la Confederación, Alberdi le insinuó una reelección presidencial que no aceptó”.
– Convicción  profunda  sobre  necesidad  de la educación. “La manifestó desde sus años juveniles. Tuvo claros conceptos sobre los principios básicos que hoy fundamentan la instrucción pública: popular, gratuita y obligatoria.”
“Diseminó escuelas en todo el ámbito provincial, estimuló el perfeccionamiento, creó un gran establecimiento secundario y en determinado momento universitario, con un sentido nacionalista; en algún momento dijo: ‘El colegio es mi heredero’”.
– Adaptación política. “Se forjó en un clima de luchas violentas, como que hasta 1852 estuvo montado en su caballo de guerra, lanza en ristre, o sea hasta la madurez. Sin embargo, encaja perfectamente en la etapa de la ley y se convierte en su fiel ejecutor y en su más respetuoso mantenedor”.
– Valentía y arrojo. “Lo mostró en el campo de batalla y en el último instante de su vida. En la acción bélica cargó al frente de su caballería, como ejemplo de coraje para acuciar a su hueste, hecho que los técnicos han criticado. Iba de poncho y galera, quizá para que sus soldados distinguieran el arrojo de su jefe. Cuando la invasión del 11 de abril de 1870, no buscó refugio; fue el único que hizo frente al grupo de cincuenta hombres que terminaron con su vida”.

– Habilidad militar. “Formó un ejército poderoso con muy contados recursos del Estado; consiguió un gran ascendiente en las filas; practicó recursos subrepticios o de zapa, como cuando consigue desplazar jefes destacados del ejército de Rosas; usó de la estrategia: el caso de la retirada de Ibahí  en Corrientes es típico, cuando deja en posición desairada al estratego Gral Paz”.


 

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